En una pequeña aldea, Aín, un joven artesano soñaba con viajar y descubrir el mundo. Siempre encontraba consuelo en su taller, donde trabajaba con hilos y cuero, creando piezas que reflejaban su deseo de aventuras.
Un día, mientras limpiaba sus herramientas, escuchó un suave murmullo y al voltear, se topó con una salamandra de colores vivos. Su mirada era profunda, como si llevara consigo todos los secretos de la naturaleza.
La salamandra saludó a Aín y le contó un secreto mágico...
...ella tenía el poder de transformar cualquier creación en algo único. Cada pieza que tocaba adquiría una vibración especial, como si el fuego mismo estuviera vivo en ella.
"Si deseas que tus piezas sean únicas, debes dejar que la conexión entre la tierra, el mar y la naturaleza fluya a través de ellas, y ésto sólo lo podrás encontrar descubriendo el mundo con tus ojos”.
"Se dice que aquellos que desean viajar, no solo deben recorrer los caminos con sus pies, sino también con el arte de sus manos. Crea piezas, prosiguió la salamandra-, piezas que viajen con quienes las lleven, capaces de conectar lugares y personas que sueñan con sentirse libres".
“¡Pero recuerda!, no olvides que el viaje más importante es la transformación que emprendes dentro de ti mismo al realizarlos".
Muy inspirado con sus palabras, Aín empezó a crear piezas llenas de vida y magia y su taller comenzó a llenarse de pulseras, collares y amuletos que parecían latir al ritmo de su corazón.
Finalmente, Aín decidió partir en busca de nuevas aventuras y se convirtió en nómada, llevando su artesanía por todos los horizontes. Y siempre, en cada rincón, la magia y el fuego de la salamandra lo acompañaba, recordándole que... creer es el primer paso para crear lo que se piensa imposible...